El amor acaba cuando el otro se nos desvela, cuando la imagen sublime que elaboramos de la persona amada enfrenta la imagen real, su reflejo desprovisto de nuestras construcciones egóticas. En esa lucha, lo sublime, enajenado del objeto, se diluye, hace caer el velo mágico con el que adornamos el objeto amado. Desvelado, se nos muestra en toda su desnuda geometría. Y entonces, en ese conocimiento, en esa medida constatada, se aleja de nosotros, se polariza. La comunión que alimentaba el sentido de unidad se rasga cuando se rasga el velo y se hace evidente la imposibilidad de ser uno con el otro.
Hay una conciencia colectiva pero la consciencia es espantosamente individual. Se hace evidente la soledad infinita de la que sólo escapamos renqueando apoyados en las muletas de la comunicación, con el lenguaje, con los códigos, los consensos que construimos. Pero nuestra soledad es lo que ES, aquello que es real, es la verdad es Dios, La soledad ES. Y cuando el velo que nos une al ser amado - y que los vela y nos vela- cae, la certeza de la soledad (que es lo cierto, que es lo consciente) anula la ilusión del amor. De nuevo se implanta en nosotros la angustia de no ser completos. La soledad es la constatación de la imposibilidad de ser también el otro o lo otro.
Lo curioso es que, cuando follo contigo Loli, todas estas disquisiciones me importan una mierda. Vamos, que el amor será una puta ilusión, pero da gustito. Te espero el jueves en el mismo sitio a la misma hora. Ponte las braguitas azules, esas que me convierten en un tonto de baba.
¡Qué bruto me pones, Loli!.
Siempre tuyo, tu profe:
Manuel Maciá
Alicante, Diciembre 2007.
miércoles, 6 de febrero de 2008
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